Cuento infantil de El Ratón de Campo y el Ratón de Ciudad con dibujos con dibujos para niños y niñas.

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Cuento de El Ratón de Campo y el Ratón de Ciudad con dibujos

A continuación, el ratón de campo fue enseñando a su primo todos los lugares que adoraba: el camino de piedras hacia el río, los prados verdes de delante de la granja, la plazoleta donde las gallinas cacareaban contentas.

El ratón de ciudad acostumbrado a la gran urbe sólo tenía palabras de desprecio hacia esos lugares que desconocía:

-¡Este camino está lleno de polvo!- se quejaba el ratón de ciudad- ¡Este campo está lleno de bichos!- añadía- ¡Qué peste hacen estos animales!- se volvía a quejar el ratón de ciudad.


 

Al acabar la visita guiada, el ratón de campo invitó a su primo a comer. Le sentó delante de una mesa echa con una cajita de cerillas y le sorvió la comida.

El ratón de ciudad, al ver el plato preparado, abrió los ojos con gran sorpresa.

Delante de él, un enorme trozo de queso seco acompañado por semillas de linaza le aguardaban.

Con mucho esfuerzo, el ratón urbanita se comió el plato que le había servido su primo y al acabar le dijo:

-¡Ay, primo! ¡Tu tienes que venir a visitarme a la ciudad! ¡Sabrás que es vivir bien! Allí no tenemos polvo, ni bichos, sino lujos y grandes manjares!


 

Poco tiempo después, el ratón de campo se despidió de su primo y éste regresó de vuelta a la urbe.

-¿Qué me esperará a la gran ciudad?- se preguntó el ratón de campo con curiosidad.

Él nunca se había movido del campo.

Así pues, hubo pasado tres días y el ratón de campo llamó por teléfono a su primero:

-¡Primo! ¡La semana que viene iré de visita a la capital!

Después de amables palabras, los primos se despidieron.


 

Los días transcurrieron y la siguiente semana llegó.

El ratón de campo se confeccionó un hatillo con una tela vieja y guardó en su interior un trocito de pan seco para el camino hasta la ciudad.

Acto seguido, se subió en el parachoque de un coche, se aposentó para no caer con los baches y vaivenes de la carretera.


 

Finalmente, tras unas horitas de viaje, el ratón de campo llegó a la gran ciudad.

Antes de dirigirse hacia la dirección que le había dicho su primo, se quedó contemplando boquiabierto las grandes avenidas, los altísimos rascacielos, el tráfico incesante de todo tipo de vehículos por las calles y el caminar apresurado de los transeúntes.

-¡Debe haber mucha faena por hacer aquí!- dijo el ratón de campo al comprobar que todo el mundo se movía con mucha prisa.


 

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